Los soldados que cayeron
Y que no tenían rostro.
Tanta gente por el hambre,
Y tantos otros por descarte.
Adormecidos por su escuela,
Atacados sin banderas.
Todos los que pagan siempre,
Y nunca ganan nada.
Los armados hasta los dientes,
De palabras afiladas.
Los que son como fantasmas,
Desterrados de sus casas.
Las familias más creyentes,
Que no creen donde hay sangre.
Los amantes asaltados,
Por no guardar silencio.
Tres palabras en un libro,
Que demuestren lo contrario.
Locos muy almados,
Con la frente bien en alto.
La libertad que abraza,
A los que lloran pedazos.
Dictadores de su hogar,
Castigando a quien pueden.
Los que cargan con las piedras,
Invisibles en sus manos.
Los que olvidan los placeres,
Y se entregan al trabajo.
Los gritos sofocados,
Que derrochan democracia.
Cada sucio rincón,
Donde los niños duermen.
Esos que lo intentan,
Pero sus pies no pisan.
La inocencia del mundo,
Que está toda quebrada.
Los patriotas de la vida,
Que nunca tienen su historia.
Esas fuerzas tan etéreas,
Que mantienen las miradas.
Esos héroes imperfectos,
Tan personas como eternos.
Los que quieren volar,
Y no tienen alas.
Los que pegan duro,
Y todo les duele
Los que están atrás,
Y reciben los tiros.
Los sedientos,
Con su oasis desierto.
Las palabras de un abuelo,
Que se pierden con el viento.
Un paisaje momentáneo,
Como foto del recuerdo.
Todos los que temen,
Y se guardan con recelo.
Las cenizas de un texto,
Que decía “no sos bueno”.
Los nombres más perfectos,
Que no tenían dueño.
Tempestad. No había ni un juego que nos contentara. Sublime cada erosión, cada vértice, cada fin entrecruzado. Quiebra mis ojos el vestigio y la vorágine. La voraz inexactitud rigente. Desaprendí lo andado, enraicé la mentira y la pirómana visión. Nos juntamos en silencio desprendiendo lo aferrado, demostrando que todo es lejos, y que nada es fin. Diseñé mi suicidio como si no hubiera nada más, y ahora lo saboreo desde el ojo del huracán. Tempestad. Que hermosura como cristaliza los párpados y los dedos, mis eternos compañeros de ruta noctámbula, que no tienen un pernoctar y me añoran como niños exiliados de la felicidad. Insomne el momento que forjamos. No conseguí bajarme la última vez. Siento mis pies colgando y la ruta pasando bajo ellos. Y ya no, ya me caí. Allá vas.
De tres sueños despertó, el primero corto y casi eterno. En él volaba con sus brazos hasta que lo alcance el viento. Más que pronto llegó el segundo, como un tramo pasajero, lleno de pronto y nada al momento, de secretos paralelos. Al final soñó con ella, reflejándose en un lago y dejando niños correr, y otro poco durmiendo de pie. A su fin le faltaba un comienzo, que yo ocupé con ingenuo establecimiento. Fue bien lejos y alto, sin caer más que unas hojas.
No fui real ni otra sombra difusa, y planté como pude la forma del cuerdo amanecer que me acechaba.
Se me cayó un relámpago de catarsis, una vejez enviciada, una soledad afiebrada. Desvanecido quedó mi pecho, lleno de grasa de quereres, de amares, de soñares. La helada herrumbre ha saltado de la savia, para llenar de todo eso que ya no tengo, cada rincón de mi asesina mirada.
Ya llegué a donde no quería ir, sin encontrarme en mi camino a nadie más que a los zarcillos espinosos de tu olvido, descubriendo a mi llegada el terreno tan baldío de cosas infinitas como versos y destinos.
Que mascaba pena para no tragar miseria.
Me preguntó por los besos de los tipos efímeros.
Las enfermeras de sexo y los juegos de sueños.
Y me preguntó también por qué los hombres buscaban ser más que ellos.
Morir felices de haber sido héroes modestos de la vida.
Se creyó brillante, reviviendo los muertos.
Y en el fondo no había resuelto ni siquiera un duelo.
La adolescencia afloraba de celos afiebrando a la dama.
Le quemaba en la lengua ese idioma imperfecto.
Saltaba infantil para ver por la ventana.
No había vidrios, afueras, juegos, ni persianas.
El destino me engañó.
El destino está desenrraizado, es un desconcierto, una armonía de noche, una superación de lo nefasto y lo mediáticamente imposible.
Había imaginado una ventana con el aire. Su contorno era irregular, pero cumplía su cometido.
Cabeza con cabeza, como para ahuyentar el frío y para demostrarle a la obscuridad que dos fueguitos son mucho, miraron por la ventana de aire el paisaje que dormía sereno, sin enterarse de nada, tan exuberante que derramaba inspiración.
Allá atrás, y por delante, las mil luciérnagas se creían las más bellas, dormían y otras salían y jugaban.
Ellos dos se quedaron bien juntitos, y del aliento salió vapor que empañó el vidrio de la ventana de aire, volviendo difuso el paisaje.
- ¿Será que a todos se les empañó su ventanita de aire?.
Ser feliz es arrogancia.
Si todo es mentira
No hay verdad que sea eterna.
Cuando poco y nada quede
Tal vez sienta que no duele.
Que con poca compañía
No hay manera ni amnistía.
Que una tormenta es buena
Si no queda otra salida.
Jugar a cara o seca
El caer de una moneda.
Lo que a mi me depara
Luz enorme o tiranía.
Cuando sólo sople el viento
Y redescubra los momentos.
Tal vez note en el espejo
Lo importante de este encuentro.
Cuando pisamos suelos
Que sepa si es cemento.
Cuando sobra la elegancia
Que no todo es democracia.
Que si te hago sonreir
Tengo el mundo entero.
Doctores con gracia
Manos sin dueño
Cañones certeros
Suicidas obsenos
Escritores modernos
Albañiles del alma
Viajeros y enfermos
Mil presidentes
Dos niños rehenes
Trabajos en roca
Lo que borra el agua
Autores y el nóbel
Ninguno del hambre
Dinero por trampas
Serenos abstemios
Soldados ingenuos
Aquellos por fuego
Postrados en cama
Señores de sueños
Luchas por muertos
Muertos por libertad
Violencia educada
Atados al ruedo
¿Cuantas veces miramos bajo nuestros pies? Las flores pisadas no vuelven a florecer.
El sol duerme. Tengo que despertarme, para despertarlo. No quiero llegar tarde.
Sus ojos me sabían a pasto húmedo y esponjoso. No había lejanía entre los suyos y los míos, casi era todo uno. Reinaba un aire cargado de dulzor que no empalagaba, y ni el tiempo resonaba amenazador. No había cereza que encajara tan al postre, como sus piernas desnudas acariciando las mías, rodeando con su espesura amante mi, antaño helada, carne. Los lunares que cubrían intermitentes la belleza de su espalda, y aquel solitario que poblaba tímido la encendida juventud de su rostro, hacían burbujear mi pasión en una vorágine desatada y elemental. Su pelo era una maraña de hermosura y un sendero heroico, un laberinto donde mis dedos perdían amablemente la cordura, y donde no me importaba salir algún día.
Quebraba mi noche el reflejo de la oscuridad en el sosiego de sus párpados. Afuera caía agua, adentro, llovía fuego. Y entre nosotros la censura no existía, y me mostraba más imperfecto que nunca, y ella, extensa y perdurable. Gemía el encanto que derrochábamos, perpetuándose en un estertor infinito del que nunca querría alguien escapar.
Sentí cómo el tacto formaba un puente, arrancando las páginas del silencio, y creando sonidos inaudibles, pero completamente palpables.
-Se me durmieron los pies, creo que me voy a quedar dormida en cualquier momento.
-Dormí.
-Pero quiero quedarme mirándote.
Inevitablemente sus ojos perdieron la fuerza, pero no la energía, y cayeron abatidos en el mundo onírico al que viajan aquellos que de verdad lo necesitan, y los que lo merecen.
Soñó con jardines rebosantes de magia y asimetría, artesanales pasillos con baldosas irregulares que desbordaban cariño. Con libros en blanco, impacientes por resguardar historias inventadas y por inventarse.
Me fascinan los atardeceres. Esos últimos vestigios del día, el último asomo de la mirada del sol. Cada uno es único, cada uno tiene una historia que contar, un recuerdo que rememorar, un olvido para sumar. La gente los observa con agrado, belleza y admiración en sus miradas, encontrando la gloria momentánea que moja el espíritu y embadurna el alma. Las personas olvidan sus olvidos, recuerdan sus memorias y viven sus futuros.
El último ocaso que vi fue largo, tal vez el más largo que haya visto jamás en todos mis años, y el que más ardía, no sólo por el fuego del sol y sus rayos, sino también en mi cabeza, haciéndome volar en cada palabra hasta el techo cerebral, estallándolo y elevándome al espacio, al infinito.
Ese día yo estaba sólo. Los días se habían consumido, absorbidos por una demoledora realidad que antaño jamás había vivido. Si bien perdí, encontré.
Pido perdón, a la vida y a su persona, si mis palabras son confusas o carecen de sentido alguno para cualquier extraño. Quiero ante todo recorrer los caminos que me dejaron donde estoy hoy, quiero mostrar la luz ante el juicio de su mente, y de la mía.
Quiero que todo me sepa a lo último que sienta. Quiero oler la tierra en tu pelo y saberme único. Quiero pagar el precio por lo que no se si me merezco. Quiero que cada bocanada de aire contenga tu aliento. Quiero que cada silencio grite mis sueños. Quiero que las líneas de tu piel se confundan con el viento. Quiero poder verte en todo y no aburrirme si lo intento. Quiero que me mires despacito y sin apuros te me acerques. Quiero que no haya horizonte más lejano que tu cintura, ni nada tan cercano como tu luz.
Vuelve. Tal vez se desarmen las valijas de los sueños, y los saltarines colores con los que nos miramos se opaquen. Tal vez al partir tengas que abrir una puerta, que en el retorno ya no esté. Tal vez se fragmente la elegancia de los besos, y se degrade tu propia agonía. Tal vez los estertores de tu amor no sean mortales. Tal vez no creas en nuestra reencarnación para nada carnal. Tal vez sepas más de lo que te proponés convencer. Tal vez no haya empeño que nos eleve hasta el abismo, o que nos obligue a tocar fondo de tierra y agua. Tal vez llueva cuando los portones se abran, y esté la comida para sentarnos a jugar con ella sin hambre, y sin poder hablar. Tal vez la congoja no nos estrangule, ni nos descuartice evitar los cielos y sus respectivos infiernos. Tal vez haya en esta casa, o en la que nos espera, una manera de no tener miedo. Tal vez vuelva yo, si vos ya volviste de mí.
Al llamar solo oiré las bombas
Volando sobre los árboles
Cayendo en los refugios
De todos los cerebros
Atrás quedó el cielo
Armonioso y eterno
El tenue sonido pesado
De un piano tierno
Blues de lluvias
Y retratos trillados
Mares evidentes
Lágrimas de seda
El diván de tus brazos
El inevitable tiritar
Al abrir la ventana
Que nunca cerrará
Errante acertar
En las botas cercanas
El incienso de tu piel
El sabor en tu boca
Me despierta todo
Quiebro las razones
De porque perdí tanto
Y recupero tu andar
Asesino tu servidor
Y me provoco sólo
A hacer como cualquiera
El éter insignificante
Soy distancia neutra
Laberintos cruzados
Que terminan pobres
Unos sobre otros
Tengo tanto fuego en mí,
Que al verterlo en vos,
Quemo todo lo viejo
Y te invito a más
Ya no se desnudar sin delinearte.
Cerezos dedos apuntalan las noches acorralando llanuras de amor disciplinado.
Son obligaciones reales las que desdoblan lo poco apetecible que es abandonar, o ser abandonado por ese morboso paisaje que queda como estela mediocre luego de una llovizna intermitente y efímera. Tenemos más que dejar, más que subastar. Toso se puede dejar y aún así seguir vivo.
Somos familias de tierra y humedad, policías como sólo el viento lo es de las aves. Las políticas inciertas que abultan tanto libro cerebral son enjutas frente al gigante cósmico.
No hay un abismo entre los dedos, sólo un cosmos de gozo y energía que torna frágil el foco al horizonte.
Guardados al fin parecen los vuelos y los ensueños no duermen ni se enfrían, observan las manchas de los tigres, los domados y los revolucionarios.
Nada lo impide, y por eso es más imposible que nunca.
El groove fotográfico casi autoretratado es lo único que parece volatizar la bruma afrodisíaca.
Vamos bien a lo lejos, juntos pero en desacuerdo.
Quiero alejarme de la ignorancia.
Estoy amando el esperar/respirar.
-Mis sueños deben estallar de tanta congoja-
Al principio ni el recuerdo tenía de estos momentos, pero tras la caida y la subida de infinidad de soles, los detalles se labraron suaves en mi cabeza.
Logré recordar la hora, y luego cómo me sentía al despertar., triste.
Hábilmente memoricé las posiciones en las que me dormía, la cantidad de daltidos, los ruidos externos.
Me sorprendí rearmando en el recuerdo cada detalle de esos endebles minutos.
Pero no recordaba los sueños, ni el previo ni el consecutivo.
Empecé, por tanto, a empplear ese diminuto desvelo para ahondar la envoltura onírica que me rodeaba.
Naturalmente era todo niebla, porque lo que recordaba por la noche era ceniza a la mañana. Escribí, y todo se volvía trizas. Me filmé y hablaba en otro idioma.
Un día recordé un grotesco escbozo de persona que me miraba y movía unos labios probablemente mal recordados.
Me recordé una vez, reflejándome difuso aunque inconfundiblemente diferente a mi imagen. Me sentí incierto, sudoroso y con temor.
Pronto cada imagen fue correspondida por un color y un sonido, hasta que me vi capaz de estructurar todo en una lógica entendible.
En todo se me presentaban estos sueños como el paralelo de una vida que verdaderamente no era mía. Aprendí nombres, lugares e historias en las que yo sólo era un espectador.
Desprecié mi lejanía de esos sueños y esos instantes. Mi día se consumía en la inexplicable agonía de no sentirme otro.
Pronto fui un colérico individuo preso de su propio deseo insuficiente. Encarné mil veces esos ojos extranjeros y gesticulé frases extrañas.
Mis días no importaban, y esos minutos eran el portal perfecto hacia un mundo más allá de lo visible.
Padecía el más extraño desdoblamiento de personalidad, ya que una era un bramido incontrolable, un eco de un pasado diferente o una realidad que mi mente escribía presurosa cada noche.
A pesar de mis intentos me era imposible alargar esos sueños y ese desvelo.
Ahogué mi vida en esa imperfecta sensación de éxtasis y en el salvajismo de creerme otro.
Cuando al fin choqué con la manera de extender esos bocados de aire que vibraban las porciones más infimas de mi integridad, no hubo forma de volver a mi estado anterior.
Ya no reí ni canté, porque en vista mi otro lado era sublime, imperecedero, y como tal me era imposible mofidicarlo, la procelana del ser.
¿Cuando mi otra parte muera, volveré a ser el juguete de mis propias manos?
3 Un sueño blanco pintado en crayón.
19 Un caballo de madera con la cabeza arrancada.
20 Una avellana de porcelana manchada con sangre.
7 Un laberinto de mano infantil.
2 Las preocupaciones de una maestra resignada.
6 Un ojito que se abre mientras otro lo espía en la almohada.
12 En dos colectivos, cuatro ojos que se cruzan.
17 Un hombre que se duerme en el tren y despierta en su casa.
13 La caótica moneda con que se pagan los amantes, el amorío.
11 La cuenta del tiempo de una familia numerosa.
18 Un arma disparada, un avión en el hilo.
16 Un arroyo de hijos, sin padres ni estupideces.
15 El beso de uyna loba al cachorro no-nato.
5 La impregnación de las doctrinas.
4 La facilidad de la senda al mirar.
8 Esa musa infalible, ese cuadro cósmico.
9 Todo resumido en el seno de su sexo.
21 Desde desperdicios desangrados desprendí diablos.
10 La llave de la fortaleza-mujer.
14 Un desvío de rieles.
22 La cajita con el barco de papel.
Una patética belleza. Las preocupaciones de una maestra resignada. Un sueño blanco pintado en crayón. La facilidad de la senda al mirar. La impregnación de las doctrinas. Un ojito que se abre mientras otro lo espía en la almohada. Un laberinto de mano infantil. Esa musa infalible, ese cuadro cósmico. Todo resumido en el seno de su sexo. La llave de la fortaleza-mujer. La cuenta del tiempo de una familia numerosa. En dos colectivos, cuatro ojos que se cruzan. La caótica moneda con que se pagan los amantes, el amorío. Un desvío de rieles. El beso de uyna loba al cachorro no-nato. Un arroyo de hijos, sin padres ni estupideces. Un hombre que se duerme en el tren y despierta en su casa. Un arma disparada, un avión en el hilo. Un caballo de madera con la cabeza arrancada. Una avellana de porcelana manchada con sangre. Desde desperdicios desangrados desprendí diablos.
La cajita con el barco de papel.
Un patinaje de jugos, un brebaje que se cuela entre los dientes y abraza ese ínfimo cosmos.
La supernova orgásmica que desplaza las galaxias carnosas, la cura de diablos azotadores y sádicos.
Adoré la mansa superficie de sus ojos, entreabiertos, espías entre el arremolinado morder y el compás acompasado de esa música silenciosa.
Improvisábamos el teatro de gigantes diminutos de nuestros vapores, mientras conocíamos el desnudo, con el tácto frágil, con los poros labiales, erizando cuadros entre los brillos acuáticos.
El nerviosismo ansioso infantil nos invadía al embellecer los cuellos, al vampirizar tiernamente los pálpitos sanguíneos.
Las palabras se me olvidaban en aquella cacería libre de culpas, el carnaval de colores que nos salpicaban la lengua.
Nunca fui buena para los silencios y cuando aquellas se formaban eran ínfimos, y parecían de hartos años luz, y cuando sucedían nos quemábamos los ojos viendo la dilatada carne ante ese sexo labial, ansiando probar más en un espiral viscoso y caliente de fuerza y de amor.
Si unos centímetros nos alejaban para renovar el aliento, cantábamos enmudecidos armonías de anclado y enumerábamos los latidos prisioneros en los pechos que remarcaban ese deseo de besarnos al sincronizar.
Y ellos me preguntan
A donde cierro mis dedos
Si no en las estrellas
Ellos me observan
Y no ven
Que los milagros
Truenan humanos
Ya no río
Egoísta y estúpido
Ni me apenan
Montones de oraciones
Se escurre entre
cielos, brincos y
asfaltadas alegrías.
Es un enigma violado,
un cosmos interior
pintado en la calle
Degusto el acertijo
Medallas no me faltan
No escucho
Cuanto grito desee oyente
y a tientas yo me pierdo.
Sueño con pupilas
y no son tus ojos los que se abren.
Son sólo palabras
que aullaron del tintero.
Sólo sed y hambruna,
ansias de vibrar.
Carece de importancia
releer el libro,
las letras refulgieron
y tal vez hoy sean roca.
las gotas ondulan
asomando su expresividad
y lo agresivo de su muerte
Con la palabra y su cariño.
Desfilfarrado.
Del vientre amado y su núcleo cósmico.
Que refulgen con una luz tan propia como enérgica.
En el camino hay mil baches.
Un millón de sueños.
Y las aves no murieron,
No dejaron de volar.
Arman las cortezas para aquellos,
que observan en el aire como un gorrión
era un águila.
Pequeñas hogueras de fuegos naranjas,
azules, verdes,
amarillos.
Todo es tan inmenso,
un colo por demás inesperado.
Desde el vientre del niño roto,
hasta la cruz del cuello de la madre.
Y las mil llamas no sacan el frío,
pero sí iluminan,
y muestran respeto,
por aquel diamante de fuego
que se apago, y sigue iluminando.
Todos fuimos
Todos somos
Todos podemos ser.
Valoremos la vida.
Para las luces de la tragedia de Santa Fe.
Donde los vestigios sean luz
Y el capricho ya sólo sueños
Voy a dejarte la efervescencia que me anonadaba
Quedan ilustrados mis remolinos
Quedan agotadas las plegarias
Vuelve siempre cartilaginosa alegría
Abrazos cruzados con relicarios acuáticos
La espasmódica lágrima
Los rellanos encontrados
Los cielos que ignorantes desencontramos
También se imprimen en la irregularidad de la carta
Las distancias vinieron en tres partes
Tan enemigas
Como cómplices
Una razón para olvidar.
La verdad es indivisible.
No hay pedazos que por elocuentes se crean propios (y lo sean).
Por cada ojo hay una grieta.
La erosión troca piedra por arena.
Lo áspero es tan crudo en las lenguas,
Y lo áspero pervierte el útero humano.
Los parches enderezan el tiempo
Nuestra es la labor de coserlos con hilos de sinceridad.
¿Cuánto tiempo queda después de odiar?
No hay que arrepentirse de la idea,
Hay que reescribirla.
Los polos rigen la vida, el arte nos cuenta sus historias.
Nuestro respeto y amor son el relicario,
Frágil tesoro es el aliento.
La exaltación de la vida es el máximo valor.
Tenaces son los segundos,
Que nos saludan y se imprimen con fuego.
Demasiado usamos los párpados,
No hay pena, no hay lástima,
Los focos son fugaces
Para la indiferencia de la alegría.
Vivamos entrelazados del tiempo,
Durmiendo un poco, despertándonos mucho más.
El mañana es placer.
Tiempo al sueño,
caricia al absurdo.
Grito y voz son sol.
La lluvia embelesa,
si por lluvia, granizo
y al granizo, experiencia.
Nunca tener mata.
El alimento es levantarse.
Mucho desean eternidad,
avara fiebre que duerme los ojos.
¡Despertá!
No hay recuerdo que le gane al éxtasis,
vivir es aquello, y droga más de la cuenta,
abruma con la tiniebla en el umbral del coraje.
Serpentinos cuerpos,
los sedientos momentos.
Sos el cazador,
solo buscás atraparlos.
Besá los párpados amados,
las serpientes solo escapan.
¡Desnudate!
Un perlado cristal efímero el esbozo de vida
que gentilmente nos ofrece nuestra razón.
Yo se que podés.
Espero lograrlo algún día,
soy la torpeza del libro muerto.
Luz del Día
Dejá las flores de mi vientre
Callá tanto rubor colorado
Callá aquel grito abismal
Abrazá tu salida y final
Abrazá la copa del frío
Cerrá tu vaul mohoso
Cerrá el capítulo eterno
Reiná lejos de este castillo
Reiná, se justa y querida
Robá las deshoras
Robá la miel para vos
Dormí acompañada de mi vacío
Dormí amueblada de vida
Despistá tu sentido
Despistá tu feliz huída
Escribí el nuevo libreto
Escribí a la luz de tu baile
Reí por el sol
Reí por mí.
Hoy todo murió. El abedul es el único que observa en su halo. No rie ni susurra, solo come el infinito pensamiento pesimista, la incertidumbre del final.
Las esperanzas son licántropas, metamórficas, multiformes, solo la fe las disfraza, las obliga a añorar futuros, perfecciones tan imperfectas como inmundas.
Siempre me gustaron los días nublados. Las arremolinadas nubes tienen una juguetona soledad tan compañera en los cuadros del olvido que pincelan la totalidad del recuerdo y lavan la pena inducida con las gotas de lluvia.
Sería que a tientas yo buscaba la habitación vacía del espíritu, aunque me ocultara en la falsa máscara del sol, en las palabras que imprudentemente brotaban al amor.
Los abrazos me comunicaron silencios entre tanta ventizca boreal de ruido.
Dormí en sus ojos, soñé en su pecho, grité la vida y nadé en la canción del río de sus tranquilizantes esposmódicos que recorrían en suavidad mi cuerpo.
Esa vez le escribí una carta. No se que letras usé para representar en esta dimensión mis sentimientos. A veces endurezco mis palabras y en su carozo hay amor.
Pasé días escribiéndola, buscando las frases que ajustaran el ritmo del tiempo a la melodía de mi visiñon. Ví mucha lluvia caer y enternecí desde los albores de mi pureza.
Cuando nos vimos la duda y la inseguridad devolvieron la inquietud de no poder controlar cada sensación, cada acción, pensamiento, mirada, cada revelación de las personas. Siempre fue mi sueño el de calcular y predecir cada ínfima porción de segundo. Tal vez algún cuento en mi pasado suministró este sueño haciéndolo florecer en inciertos rincones.
Desvelé mi última noche, y mis cansinos vestigios de lágrimas los noté en sus ojos también.
Lloró, no se tranquilizaba y yo tampoco. Que difícil ser perecedero y no poder aceptar el triunfo de la muerte, que escala inagotable el acantilado por el que trepamos todos. Siempre nos alcanza.
Ese día nuestro amor murió. Lo que se había fundido en mí se despedazó en mi salto.
Salté del acantilado. La desgarradora fuerza del tren no titubeó al apagar mi llama. Ya no tengo que amarme más, ni más ojos buscarán mi odio.
La carta voló de entre mis dedos, sus dedos y por fin viví el silencio. No se si la muerte saltó conmigo pero jamás volví a saber de ella.
Uno lo observa y estira su luz.
Todo es igual.
La felicidad pesa.
Los sueños duermen lejos otra vez.
Se va su piel.
Todo es el ayer, no deja de susurra en tu
cabeza.
La necesidad es buscar el alba
Crear la vida nueva
Sentir el eclipse
Aprender del reflejo de su plenitud.
Ahogo de sensaciones,
Tanto frío en las lágrimas,
Tantos granos de arena congelados,
Tantos roces efímeros y absurdos.
Viento, el estoicismo del tiempo por la enseñanza azul y la verdad.
Torcidos los caminos que fugazmente se cruzaron, se acompañaron, ya comienzan a alejarse y el ocaso se diibuja, se dilata, tan cercano, tan real como lo fue todo, en cada momento, en cada uno.

