lunes, 18 de mayo de 2015

Desde ya es salir de y llegar a, es un rumbo, pero también es un origen, un café con leche, un todo eso, una ducha fría o caliente. Porque del encapsulamiento se nutre la vida, tan anónima en caras azotadas por el viento. Y eso que es un paso, un estirar la mano para que estalle la burbuja y se unan el cumpleaños de, con ese pelo atado, la vuelta a casa con la depresión crepuscular de 6 a 7, pero no. Rechazamos esa posibilidad, la frágil complejidad de todas las vidas tan complejas y frágiles como la nuestra misma, un poco por una cultura de la alineación y no por una sana introspección. Es que lo simple es lo más difícil. Una mujer se ahoga en un llanto que se mira de reojo, que alienta la frialdad de cerrar los ojos y a mi vida de nuevo. ¿Sería ese pelo atado parte del ritual misógino de la vida pública? Es que hay tanto atrás de eso como en el resto, una inquietud, placeres, lo que forma el ciclo vital. Ese pelo, y estaba atado, y preguntarme si es válido deshacer el nudo, desintegrar a su vez esa barrera donde todo está por verse. Pero no se ve, porque al momento de despojarse de paredes y mirar ojo a ojo, que es aceptar que realmente se está compartiendo algo con poco más que un pobre recuerdo, nos aterramos y buscamos la seguridad de un árbol allá a lo lejos, el diario, una novela grasienta. Esa mañana encerraba ese pelo atado y algo que yo no sabía, una especie de valentía, un coraje al desterrar la impositiva soledad, llena de despotismo, al acercarme, su llanto, su atado, la soledad, de un suspiro exacto se desarma por completo y se da. Entonces vaya uno a saber cómo, quiebro de un salto, con un impulso semejante a nacer me posiciono más allá de mi correspondiente espacio de nada. ¿Por qué lloraba? Es terrible, dice, y ahora que parece superstición usted me habla y yo ¿cómo le explico la situación? ¿Cómo le muestro? Respira entrecortado, me mira con ojos llenos de reproche y temo ser demasiado ajeno y al imprevisible curso de pensamientos que llevaron a esta ruptura. Que lo intente, que explique un poco. Pero no entiende que ahora yo sé, me declara, y que temía este momento, porque nunca me ha mentido, y ahora que me habló cerró un ciclo que era crucial cerrar pero vitalmente mortal. ¿Podía ser qué? ¿Y si acaso? Pero entonces. Y ella repite mis pensamientos moviendo los labios en silencio. Subí sabiendo que al bajar, en un sueño, no importa dónde, pero usted no está soñando y yo, eso es más difícil, ¿vio? Pero aunque fueran esas sus palabras no eran más que incógnitas. Sin embargo, yo la ayudaría, pero tiene que permitirme. Sus brazos me rechazan agitados sin atreverse a hacer contacto, cómo espantados aunque no hubiera movido mis manos. Es que hoy iba a sentarme, y me senté, y es que hoy iba, y encontrar, hoy salí con el simple propósito de generar una reacción. Me apuñala el estancamiento y esa fiera que desgarra intentando salir, pero una vez fuera, armada de tapado y paraguas, el pelo atado y una cartera roja, me encontré de nuevo repitiendo hola, ¡que frío que hace! Pero sin decirlo, quiero decir, siendo de nuevo parte de aquellos que temen lo que viene con el aire. Y recién, usted, mi claustrofobia en este cuadrado cortesía cultural y frías sonrisas de té y panadería. Ya dispuesta a darle un fin, tan dispuesta a nada más, y usted ahora. ¿Y yo? Yo que rompí esto, y es a usted, de entre tanta gente, es que su llanto, decisión, cosas por el estilo. ¿Me dirá por qué lloraba? Es que sabía, y nada tiene que ver con usted, que semejante impotencia, hoy, hoy será cuando, que se atrevió y yo vengo a arruinarle su momento, porque no es a mí a quien debía hablarle usted. ¿Pero cómo? Sonrío y la trato de tonta, con toda la ternura, pero es dura, hasta que sus ojos se ablandan ligeramente, suplicándome consideración y entendimiento, y se lo doy, arrastrado sin remedio, a merced de su gesto tan mortal. El tren llega cómo una sentencia a los últimos tramos del recorrido donde la simple posibilidad rompería toda conexión de destinos. El avance cruel y el traqueteo, acusando desde mis pies el final de la conversación y ¿por qué su temor y su preocupación? Pero preguntarle ahora, culparla de la tragedia que no pasó sería demasiado, una vil actitud, y no saberlo cuando baje y nos separemos luego de romper el pelo atado, el cumpleaños de, la fila eterna de quienes bajan y quienes suben. Ella lo entiende, es comprensiva, y entonces, y ¿entonces? Es que entonces la manía de tener explicación para todo, ni el recurso mágico, como se conocen las gentes, etc. Pero el tren llega y algo terrible va a pasar. Se niega mi cuerpo a la negativa, se contrapone a lo inevitable, se desliga de la obligación de dejar todo bajo el manto de no sé cuánto tiempo, fácilmente convertible en nunca. La miro con la urgencia, recién ahí entiendo que lo que realmente me movilizaba no era el hecho de la separación en sí, algo más profundo en cambio, la renuncia. Renunciar precisamente ahora a un paso de distancia de que las cosas se renuncien solas. Ya veo las luces deslumbrantes bajo la nieve que es solo oscuridad. Por fin el tren se detiene. Somos cientos de personas pero todo es quietud. Bajan. El vagón se va vaciando mientras oscila la decisión junto con el viento. Ya no nos miramos, ya no vale la pena, solo queda bajar pero dilatando la entrega al vacío nos concedemos unos segundos cronometrados como un réquiem asincrónico. Extiendo mi mano hacia ella, que mira por la ventanilla fascinada por la pared de ladrillo blanco, y reacciona con lentitud en una flexión que es una caricia y que se frena solo un instante antes de aceptar con su peso el abrazo que se dan las manos. Tomados de las manos la miro con la urgencia. Le sostengo la mirada que no me devuelve. Somos volutas en ebullición. Pronto la luz me fortalece, traída de un allá lejano, e indómito me acerco para sellar algo que es exactamente yo, para pronunciar lo que he de pronunciar.

jueves, 10 de julio de 2014

Pero es inútil. La tonta omnipotencia, una felicidad pueril, sonrisitas de descaro en esencia. ¿Con qué aceitar esa alegría si un soplo daba la forma al aire, justo como quería mi intención? La sensación de peligro sin nada que temer. Una porquería más, toda esa visión global, el manejo de los muertos. Manipular con facilidad es una cosa de locos. A la tarde le faltaba eso, es lo único que le faltaba en realidad, que le pinchen el sillón donde se relame y se peina y despeina para pasar la línea del sol, y los cadáveres de fondo, eso siempre. No es algo remarcable si puedo extrañar por frío tu cuerpo o tu voz y agitando el brazo te tengo a mi lado de nuevo, y la muerte no te pesó más que un abrigo de noche helada. Hasta ese punto desprecio la muerte que te impusiste. Date cuenta, las cosas no son tan cliché y mate y vuelta y vuelta. Ni que sea un idioma la cosa que te buscás, porque eso está de este lado. Casi caminaba corría haciendo un sinuoso laberinto de poetas por el piso, cavilando entre esa fulguración de besos y finura, y lo más hondo del asunto. Como un montón de cosas apiladas, frases que se gastaron con el dedo pasado y relamido (dulce de todo).
Es insolente, sos insolente. ¿Cómo podés decir algo así en un momento como este? Con una muerte entre los labios que shh, silencio y un cierre a quemarropa para tapar algunas cosas que están queriendo destaparse y volar por ahí en trayectoria de mosca.
¿Pero cómo si no? Sentir agolparse una noción de suspiros superiores, como algo más que el sol entibiando la silla, con esta pulcritud en mis manos (¿y en otro lado?) siempre a tiempo en la huída (sucias, allá sucias). Porque era un poco eso, una casa ocupada sin calefacción y un penar del que escribe en un muro y que se mueran, pero ni a sonrojarse el resto.
El régimen de persecución en esa comida anti horaria envuelta en servilletas, servida en una plaza, comida por una boca que dice que está rico y que hace frío, pero nunca que no está sola y no es una boca sino dos. Lo más simple es cerrar los ojos (de las bocas, no otros) ante la duplicidad de una sonrisa.
Aunque sea culpable y todo eso, ¡qué ganas de joder con eso de seguirme a todas partes! Ni las esquinas de los sueños me sirven de consuelo. Un conocimiento de grado mayor sobre mí mismo, las esquirlas, los matices de pseudo escapes, escalera ya adiós, la misma habitación. ¿Con qué derecho de adjudicarse un poder de magnitud tal? De algún lado salía todo eso, y ya el principio de mis sospechas después de la noche. Un desvelo se pasa ameno con un punto de reflexión, una introspección, diálogo, alter ego entrevistador.
Ya estaba impuesta esa calma de tiroteo ahí mismo, en la alfombra del cuarto b, y de la casa el perro el polvo. No, departamentos no, cosquillas ahí no, tampoco, no, no, no, y abrir los ojos del sueño que sostiene telas de oscuridad. Era verdad que todo tenía que ser así. Una precisión en la incertidumbre, la piedra al costado del camino. Porque si no...no existiría otra forma de ver las cosas, las formas y las factibles cuestiones del tacto. Por una razón finalista que explique con sagaz firmeza esa presión pronta a salir (latente) que me tapa los oídos. Es la urgencia de todo pensante, o más del humano, de tener una explicación que le duerma los ojos sin temer el cielo que cae sobre las cabezas. Por eso ante la sensación de fantasía la sensibilidad se hermetiza, como ante las obras de música improvisada que derivan a niveles imprevistos (improvisada) a las 3 am y con la bebida caliente en las mesas de algunos más que amigos. Y salir bajo la lluvia mortecina que riega de noche las vueltas después del abrazo y nos vemos luego. No pasan ni tres cuadras y otra vez el ojo muro mira desde una pared (mojada) y cuenta los pasos, dos, tres, y cosquillitas en el tobillo. Nunca pararse para el rasque en esos momentos, cosa que enseñan desde chicos las madres santo desengrase para el salvoconducto en las salidas sin supervisión. Y así parado (arrodillado), rascando el tobillo siento el encuentro con las cosas que rondan los sueños. Pero ahí, en plena calle al seiscientos, como abrazos tiempo atrás. Rostros que ríen, o abrazos que ríen, y ya sin más se me cuela ese miedo de chiquillo aceptando un caramelo que es un abrazo que ríe, y un rostro que ríe, y la música improvisada con la lluvia y las veredas que saben a noche. Es entonces que dudé con un poco de seriedad una muerte de ella, la polaca. La nombré como nunca lo había hecho, con un susurro terminado en respingo. Entendí que era un anagrama (de forma no lingüística) de las cosas que me estaban pasando, y su borroneo podía significar mucho más. Como si reordenándola en mi cabeza pudiera llenar los huecos de inseguridad ante cuestiones harto reflexionadas. Toda la circunstancia confusa torno a su muerte daba qué pensar. Más allá del amor y la cuestión nostálgica, estaba la duda, la incertidumbre de qué fue lo que pasó y qué hubiera pasado si una llamada, una cara dada vuelta y no pasaba lo que pasó. Porque el recuerdo es el arma de doble filo en las bofetadas. Cuando se le da paso a la añoranza en medio del chasquido de la tormenta en la mano se pone sobre la mesa un montón de asuntos que ahora estaban entre mi pelo y mi piel.
Para cuando llegué a casa y con dificultad di vueltas a la llave para encastrarla y dejar atrás el aluvión de pasos, cobijarme y sentir que no hay nada más que eso, ya el ojo muro estaba apagado. Pero sabía que en el preciso instante en que lo requiriera mi cuerpo, levantarme, ir al baño, salir, todo lo mediocre que llamamos vida cuando la vida es mucho más que eso y donde surge nuevamente una idea de imposibilidad del lenguaje para las expresiones, se prendería como debe prenderse, y trazar el itinerario de mi ciclo como jodiéndome adrede y sin querer. Pero eso ya era cosa de mañana, porque por hoy… por hoy no. Cerré los ojos con la idea fija de que todos somos buscadores de algo.

domingo, 29 de junio de 2014

Es preciso que no vuelvas para que mi plan urdido hace tanto cobre efecto. Es preciso que no vuelvas, sólo así podré encontrarte. Yo sé que del tiempo no hay retorno, y somos dos de cada parte, cenizas a cada lado, con una fuerte amalgama de final. Andaré por corredores mansedumbre asimilando tercamente lo que llamamos gemas, ardiendo como todo un devoto al suave crisol de tu piel antaño mi cáliz y hoy eternamente algo más, lejano y cercano, pero sobre todo eterno. Parece hace tanto que fuimos peces de colores en un cosmos absurdo y voraz, como fríos contracorriente, un gran salto al siguiente escalón. Y hoy, en repetición, somos nuevamente el viento que sopla en la cara de alguien más. ¿Hasta dónde habríamos llegado esta vez? Al lecho de piedra, elemental en el propio nacimiento, máxima expresión de un nos sobre el yo. Hoy la noche es la cuerda que le damos a la vida, y es también la pura salvación de un quehacer. Pero es preciso que no vuelvas, así está previsto, no hay que contrariar a los designios. Es que si volvieras no sabría dónde encontrarte, ¿serías el sol después del camino o el ojo de la tormenta? En cambio ahí tan fría, apretada como una tonta a los horarios de tránsito muerto, aguijoneando el desprolijo estandarte que te define, la participación del verbo ansiado (hoy también). Entonces no habría reproche ni signo alguno de crimen, ni sangre ni la estela de un olor que me suplica huida. Como parte final del plan, inventarte, descubrir qué melodía te define, y hace de vos algo cierto pero ejemplar, y basado ya en eso, interpretar esta carencia como el baluarte definitivo de una oportunidad extra, de que todo volvería a ser si lograra que no fuera, ergo irrevocablemente dejarnos las sombras o lo demás para después, y llenarnos de despedidas, siempre áureas, siempre despedidas.

lunes, 19 de mayo de 2014



1
La polaca. La polaca en los brazos de otro. La polaca besando sus hombros, tocando su pecho. La inercia de sus cuerpos volando contra mis ojos. La pared de mi mente que implosiona ladrillo por ladrillo y deja ver más allá (donde se besan, se tocan, se abrazan). La calleja penumbra por la que corre la polaca para alejarse de mí, lejos, muy lejos de lo que conocemos. Bien cerquita el fluir era imperceptible. Hermosamente adormecidos entre el presente y nosotros, sin pasado ni futuro. La polaca que goza y estrepitosamente ríe del incendio de nuestra alcoba, de la corrosión de nuestros caminos. Sin embargo, parecía feliz. Feliz de la corriente de mi sangre que fluye por el piso, de la penumbra de mis ojos opacados por su luz, de la rabiosa forma con que besa lo que no es mío (esa fuerza de posesión incontrolable). Tenía la pedante manera de caminar sobre mi cadáver (¿Ya dije que yo era un cadáver?) sin mirar atrás. Me pisoteó y no le importaba. También me pisotearon sus mentiras, me pisotearon sus triquiñuelas asfixiantes de amor desalentado. Realmente disfrutaba con todo esto, con lo que perdí en las partidas, con lo que ganó en esta mano (con la suerte de principiante que no tengo). Era su jueguito suculento de putrefacción y humedad. Observarme como un espécimen que luego descartará. Era el desdén de la experiencia pasada, la fórmula infalible para acribillar mi positivismo. La piel ya no importaba. Era la ambivalente pasión de la polaca con su aroma a sexo que una y otra vez me llamaba para que la tuviera, la que me afiebraba impunemente para perderme en una relación de amor despiadado hacia ella y su infinitud.
Al principio los pasos sobre la madera sonaron tímidos, indecisos. Eran como esos besos primerizos de una adolescencia que supimos tener (y que nos reencontraría cuando la causalidad así lo quisiera). Me recorriste una y otra vez, alrededor y por dentro, hasta que extasiada, colmada de mí te repusiste del cansancio de viajar y navegar, y posaste tu posteridad en mis manos. Las manos tuyas, manchadas de tinta, las mías, de polvo. Si nos quedábamos así por tanto tiempo, nos volveríamos un montoncito de polvo en un rincón, el viento nos tumbaría, claro está, pero estábamos descalzos y, en estos cruciales temblores, estar descalzo es la clave. Tampoco me resistí a esa transformación. Dejamos que la lentitud nos apaciguara la llamita de la inequidad (tus besos tienen distinto peso según la estación).
La polaca, ay, la polaca. Me sabía a libertad, me sabía a frenar. Estar con ella es volar, y es dejarse llevar por pasiones que se desatan. Estar con la polaca es mandar todo al carajo, es la idea de que estacionando la angustia desaparecerá y con ella vendrá el goce eterno de la vida sin problemas. Estar estando es vivir respirando, sonar el chasquido de sus dedos que me hacen verla. Fue tal vez por eso, que en ese instante me dolió más que nunca no tenerla conmigo.


2
Desde antes yo te había soñado. Había tenido una visión de retorno, de reencuentro afectivo. Te encontraba brazos abiertos para mostrarme un lugar donde nunca me desintegraría. Eras para mí una causa perdida (y encontrada). Extrañamente no corríamos, aunque teníamos a todos buscándonos y ningún deseo de ser encontrados, porque no importaba. No importaba otra cosa más que tu recibimiento cafeinado y mi quiebre de vencedor vencido para ser atendida por tu pulcritud. Probablemente más de una noche soñé eso, pero hubo una que destacó su forma. En él íbamos en una balsa a toda velocidad, como escapando de las luces matinales, pero no nos desplazábamos. En el preciso instante donde un arpón atravesaba tu pecho me desperté oliendo pasto húmedo, con la cabeza tan en ningún lado como vos y tu ausencia (extrañarte ahora sería burdo). Había tanto para extrañar que no alcanzaba un sueño para completar este encierro de mi propia alineación. Me faltó postura para tener dignidad y llamarte a patadas para que entiendas que tan lejos no podíamos ir (que no podíamos escapar de nuestra piel y sus vicios). Al fin y tarde entendí que la eternidad que se sueña es opaca en nuestros ojos porque no deja ver el piso. Que las trabas que encontramos no son otra cosa que vivir y vivirnos, y que llegar a esa eternidad no es cosa de hoy ni de mañana. Para perpetuarse hay que soñar, y para soñar hay que vivir (los sueños viven aunque no se los sueñe). Es que al final no estabas, al final no te escondías bajo la cama para sorprenderme y reírnos, sino que probablemente estarías masticando una soledad, leyendo en un sillón, sumergiéndote en música, como en tus peores momentos (acaso este era uno de ellos, o no). Me estarías sufriendo y queriendo con un puñal en la izquierda y un reloj detenido en la derecha (¿Te recordé el reloj de pie sin cuerda que sonó el día de la tormenta y fin de año?).
Tengo de todas las verdades, la menos cierta. Cierta es la noche con sus arropes y quimeras. Cierta la química de las sábanas con melodías de cuarto de hora. Me era más fácil extrañar. Y es que ahora estarías leyendo en el sillón de moho tomando el receso de tu desesperanza, fabricando un regreso cafeinado con los brazos a medio abrir. Estarías desarmando desencuentros, volviendo inicuo el palpitar extravagante de tus pupilas (templo de fe para mis labios resquebradizos), sin más efecto catalizador que el cereal en el piso (¿Y esa pelea y el reloj detenido?).
Podrías esperarme con el reloj de bolsillo en la izquierda y el puñal en la derecha, descontando a cuenta gotas el cáncer del aire que susurra con malicia que ya no hay más leche, ni huevos, ni sonidos. Respirando el mal que hace la tarde pesarosa un infierno acá y allá.
Y ya no está y ya no estoy. Pero de algo estaba segura esta vez y siempre. Voy a volver.

viernes, 25 de octubre de 2013



Cuando leas esto sabrás muy bien lo que he pasado para no hacer de un mensaje una despedida, un vaso medio lleno, Lo que ha costado el pago, lo rápido que voló de mis manos. Sabrás la grandeza tras la marcha. Y es que no soy un cadáver ejemplar, no me sienta bien la losa, la tierra, la degradación. No nos hagamos los tontos, si acá hubo sangre, no es por nada esta forma de salirse de las rutas fáciles, ni este epílogo. Como bien digo, esto no es una despedida, un hasta luego, un ojalá o un tal vez, porque eso sería buscarle un sentido, armarle la cama para que se madrugue de un bocado la normalidad en todas sus formas. Y entonces la despedida en sí no valdría más que un boleto usado, un viento caliente en una caliente tarde de verano. Sería terrible saberse tan inofensivo, tan poco cuchillada a la memoria, un telón que no es nada, y quedarse con la noción de lo acabado. Es donde reside la fuerza del adiós, en la importancia nuclear como punto de partida, como las manos agitadas, los roces tras el abrazo, cosas por el estilo. Por eso tengo que repetirte otra vez que sabrás muy bien lo que he hecho. Cosas de las que no arrepentirse, filos propios de estas horas y estas músicas. Comprenderás que no puedo clavarte un cuchillo y simular una pasión desbocada por la huida, y que no puedo asirme tercamente a una solución que ni si quiera tuve la decencia de elegir yo mismo. No, es algo más, algo que me revuelve, y que tiene que ser así. No le pedirías a una hoja en el viento que regrese y se pose sobre tu mano, ni le pedirías al sol que ilumine hoy otra parte de tu casa, donde la sombra reina desde el génesis de cemento y agua. Por eso es preciso que esta águila, este domador de la tempestad, parta sin más remedio (como si de una enfermedad se tratara, y no) y halle lo que debe, y se extrañe el hogar, los brazos, algún atardecer, y eso se llame tiempo. Y algo sin más sea lo que encarrile y ahuyente los tormentos, un amor de poros y amorfos despiertos, ojos pegados, sangre bombeadora, tersa finta de escape y patas para arriba. Aunque cueste, aunque se sienta duro, y sea malo, frío, un conjunto de sensaciones siempre asociadas a la tristeza, no será triste. Porque la tristeza es el arma con que nos infligimos el daño que creemos merecer. Resuena en mis oídos ese monótono traqueteo propio de los escapes. Sabrás entender, y que volver a verme no es una opción, es mi favor, mi carta, mi despedida, mi cuento o lo que quieras para tu desayuno. Porque leerás esto desayunando, bien te conozco, y tragarás con lágrimas inútiles, medialunas inútiles para un estómago crispado. Sabés muy bien que está lejos de mis intenciones arruinarte el desayuno así, pero es tan triste, y tan perecedero que es mejor de un tirón y dejarte las orejas calientes, sabiendo que cerré con llave antes de correr hasta donde alcanza la vista, allá un par de calles abajo, o más, doblando la esquina, entrando en un café de medianoche o sintiendo que todo lo demás es justamente, todo.

domingo, 13 de octubre de 2013



A veces, la necesidad de encierro lucha codo a codo con la indefinible sensación de descalzarse, como figura clave del rompecabezas, de traer a colación la difícil tarea de entender (poner en lenguaje palpable y propio un mecanismo ajeno, pero sería algo más complejo, algo menos tan así), la última gran tarea del condenado, y poner en práctica un juego de liberación extrasensorial donde cada trinar, cada golpe, sea una simple nota en la trama de algo mucho mayor y consonante. Y yo, con mi tonta forma de sentirme tonto, busco enaltecer hasta lo más alto cada costumbre insignificante, las escalo desmesuradamente y se transforman a mis ojos en fuertes puntos de eterna libertad, una fuerza incandescente que separa los impuestos y el papel de cocina, y la semilla de un abrazo, el suave oleaje de la inocencia. Le era dado así, sin mayores presentaciones, sin un anuncio importante, le surgía innato y confirmaba con cada acción una admiración de mi parte, algo tan inaccesible a mis ojos.

jueves, 29 de agosto de 2013

Sabés que sería mucho más fácil si me pudiera enamorar de vos. Sería como barrer, como sacarle el polvo a esa alfombra, o algo un poco más consistente, rayos de sol, cosas así. Pero las cosas como están, no, no dejan, para nada, y aunque lo intente sé que no puedo lograr más de lo que logro hasta ahora. Sentir una especie de sentimiento. Cuando se pone a uno como madre, no, no es eso tampoco, pero vos me entendés, si no me entendieras no estarías acá y yo no estaría diciendo estas cosas, aunque me encante decir las cosas cuando no se tienen que decir. Te hice derramar el café, ¿Te das cuenta? Y no, dejá, yo lo limpio, no pasa nada. ¿No te molesta si cocino mientras hablamos, no? Es así. ¿En qué estaba?
Ah, las cosas fáciles. Sí, bueno, es que no es tan simple como amarte y ya está, como dar la vuelta en la esquina, encontrar un colectivo que nos lleve, que no importe si se te cayó el pulóver de la mochila y ya está porque estamos arriba y nadie quiere bajar y subir porque después hay que bajar. Tampoco es que no quiera amarte, no lo tomes así, es que si yo te amara las cosas serían tan fáciles que daría calambres, ¿Entendés? Y no es la idea. Si la vida se ordena tan fácil como la toalla en el baño es probable que se caigan un par de vidrios y deje de ser gracioso cortarse tanto. No existe la fórmula de la cura para el desamor. En realidad, no es desamor, es algo distinto, otro gris, una guadaña, algo tan impreciso, un poco de abrazos, sí, eso sí, pero nada de sanguínea ósmosis cariñosa, termina ahí, se vuelve polvo, un magnetismo intrínseco y situacional.
Ay, ¿Ya ves? No puedo hablar y cocinar, son dos cosas que simplemente no puedo hacer. Creo que nunca pude hacer dos cosas a la vez sin arruinar una de ellas, o las dos. Como no podía atarme los cordones y comer un alfajor, o seguir con la mirada el recorrido de un caracol si había que hacer esa declaración de principios que es elegir a los miembros de un equipo. No me exijas entonces que sea amante y carroñera a la vez, si es un papel a elección, canturrear, cocinar, desvestirse analíticamente, cuestiones por demás no paralelas, si vos comprendés, si comprendemos, que no hay paralelismos para mí desde el instante en que pongo mi enfoque a trabajar zumbando. Hoy estoy en esos días que no puedo poner a funcionar los mecanismos necesarios para que estés en mi centro. Y ahora la comida que se pierde un poco, y esta conversación con tintes de monólogo tampoco es que ayude mucho. ¿Vos me amás? Te das cuenta que este es el núcleo de intercambio. Ni que fuera a ser algo tan duro amar a quien no te ama, dale, sabés muy bien que hay cosas más picantes como la muerte y todo eso. Claro, verle la jeta y no saber qué hacer tampoco es lindo, pero no es indispensable para vivir tener eso rascando tu nuca. Y ahora bueno, sentate en la mesa. Vamos a comer todo esto que charlamos. Dicen que hay que masticar las cosas en la almohada, ¿No? Será en la mesa con los ojos cruzados, los pies oliendo a destierro, y la infinita calma de saber que no hay amor cuando se tiene la boca llena de silencio.

viernes, 16 de agosto de 2013

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago
y cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco
con ese pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.

Julio Cortázar

lunes, 15 de julio de 2013

Ahora mismo sería fácil echarle la culpa a un amanecer, o decir que un año atrás todo era otra cosa. Sería como mover un dedo y ajustar con descaro la memoria tantas veces toqueteada y dejar dispuesto en molde nuevo un nuevo esquema de lo que pasó y de lo que pasaría llegado el caso. Entonces mentir, o prometer, dos caras de la moneda que se eleva en el aire y se suspende el segundo justo para dejarnos babeantes de expectativa por no tomar una decisión y dejar que un pequeño soplo de viento, o la imparcialidad del subconsciente tome las riendas de esa decisión que a fin de cuentas es mucho más que mentir o prometer, que tomar el tren o enfriar un libro en el asiento de piedra. Y con esa falta de responsabilidad rebatir la voz que todo lo insiste con retumbe y redoble, y echarle la culpa a un anochecer, o decir que un año después todo será otra cosa.

sábado, 4 de mayo de 2013



Consistía en contar la vida en no más de diez centímetros, en las piezas aleatorias. Y aunque por entonces perro mira luna no significaba más que una luna, un perro y un mirar, pronto se entendería como el medio más confiable para conocernos, un método desprejuiciado donde la piedra en el pasto era una declaración metafísica de unión, o una alegoría al destierro. No era mandatorio anexar un dibujo ahí donde falla un soliloquio aparente (y si éramos no sé cuantos con eso). No faltaría el tonto que pensara en una unión de cuanto garabato viera (el papel grasiento de esa hamburguesa estación de tren, la factura de luz y el reverso de una plantilla de zapato) para encontrar una continuidad reveladora, como fragmentos divididos, pasajes de una obra mayor, y se vería triple tonto por pensar, buscar y creer (o negar el fracaso) que la ha encontrado.
Ya para cuando estábamos ahí los mensajes eran cosa corriente, un desayuno necesario. De eso se trataba también. Saber al otro en sueños y marcar con palabras la noche.
Una de las partes más jugosas del asunto era descubrir los ficticios, materia complicada en primeros términos. Eso daba de qué hablar. El salvoconducto ¿de qué? Bueno, quizás de una existencia mediocre (¿hasta qué punto puede considerarse mediocre una existencia?). Reformular en términos como esos un vivir tenía algo por lo menos especial, pero estaba claro. No se podía reducir sólo a eso. Tal vez un poco más sucio, de eso que no vale lavarse y ya. Podía ser una forma de independencia con el despojo de una equivalencia imagen palabra y la resistencia a aprehender a uno como un todo.
Surgía este método como una necesidad de un lenguaje tan propio a los suspiros como para emplearlo al anular la verborragia. Porque todo vale cuando se respira en silencio. Cuando el pecho subibaja lleva adelante y atrás, arriba y abajo huracanes de poco más que aire. Se nos descascaró el habla, cayéndose como si la piel fuera la máscara, el diseño de un abrigo contra toda esa fuerza externa en lo que tenía uno que decir para no encasillarse en las incomodidades del no sé qué. Se debiera a mi negación por una conversación que no da más que lo que puede dar, o a lo que tuviera que ser, y así.
Y escuché las hojas rasgadas. Un ritual, un vientre, el tuyo probablemente. Probablemente tu vientre en el lugar correspondiente. Y probablemente los dos haciendo un vocabulario que nos identifique entre los cientos de rostros, aunque sin mirarnos, sin mirar las miradas, sin poblar la mente con el recuerdo de una cara y armar la ajena con cientos de miles. Entonces tendrías la nariz aquella, con la profundidad de esa sonrisa, el mentón recto aquel y la frente amplia como esta misma. Pero se haría todo de nuevo con los rasgos de ese día, de la esquina y la parada, o del almacén, el árbol cobijo, o el mantra agobiante de la tarde.
Consistía en contar la vida sin mirarse, dejando un mensaje corto en donde otro pudiera encontrarlo, o no, pero en esencia, abriendo lo que hay que abrir de una vez en la vida. Las reglas están para romperse, dicen y dicen.